sábado, 23 de febrero de 2013

темный и ясный

ALGÚN DÍA DE OCTUBRE, 2007

Un astuto profesor de economía nos envió a todos, a la generación 2004, a la Biblioteca Nacional, mi papá estuvo desconforme, pues le pareció un gasto innecesario. Pero lo cierto es que fui y recolecté la citada información de EL MERCURIO, sin saber que resultados traería ello consigo, finalmente si supe, un 6.0 insípido que sabía más a un 5.
Desvelado mientras transcribía esas cosas que solamente a un historiador pueden apasionar, me fui a dormir un rato, el poco que me quedaba para ir de regreso a la universidad. Entonces vino el sueño abrazador y calmo para llevarme a la oscuridad y el frío de un lugar extraño y desconocido hasta entonces.
Un niñito de unos 10 u 11 años terminaba de dibujar y escribir en una hoja blanca, era un diario, un periódico titulado EL VERDADERO (definitivamente no era el mercurio). El chiquillo había hecho todo a tempera y pincel, color negro, o al menos eso me pareció a mi, porque toda la pesadilla fue en esos tonos.
Este chiquillo, con apariencia de huérfano, vestía de pantalón cortito gris y casaca negra, tal vez azul marino, medias blancas y zapatos negros. Salió a hurtadillas del lugar donde se hallaba, seguramente un orfanato, y se dirigió hacia la oscuridad negra de la calle adoquinada, donde en cada poste ubicó sus carteles, los cuales titulaban más o menos así: "¡A muerto El Regente, nuevo Regente en la ciudad!"- eso me perturbó y me provocó esa sensación de estar en un mal sueño, y justamente a esos valles me llevaba este personaje medio siniestro que era Tomás (como mi mente llamo al niño), pues una patrulla de carabineros, una gran chevrolet blanca y negra, lo hizo detenerse y su joven conductor lo hizo subir, en tanto llamaba a la central por medio de la radio. Tomi aprovechó aquello y le arrebató el arma del cinto al joven policía, golpeándole la frente con la culata, no sé si provocándole la muerte o no, pero sí dejándolo tendido y sangrante a pesar de la breve y desesperada lucha que había dado para recuperar su pistola. La lluvia empezó a caer sobre la ciudad que era un híbrido entre Santiago y El Puerto, aunque en miniatura y con un aire claramente sureño, luces blancas la adornaban y de fondo, sombrías montañas grises (¿nieve?) coronaban un paraje propio de aquellos rincones ocultos de nuestra memoria y nuestros miedos. El chico cogió la pistola y la guardo en su mojado abrigo, comenzando a caminar sobre los rieles de metal del tranvía y bajo los cables de algún trolebus que seguramente aun no iniciaba su trabajo a esas horas de madrugada. Recién ahí mi mente fue sobresaltada con la visión y las intenciones del niño, pues a pocos metros se veía el portón de entrada a la casa del citado Regente, que no alcancé a ver, pues me desperté con la idea de evitar ese mal,  desconociendo para siempre el por qué de los deseos de Tomás. Desde entonces el desvelo continua, pero por terminar la historia que viví a través de esa pequeña ventanita.


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